PROTERVIA Y LA LUNA

Era aún primavera y Carlos prendió la televisión para ver el noticiero de las 9 p.m. Toda la programación parecía estar basada solamente en el maldito virus, aquel ser diminuto que había confinado a millones y también enfurecido a algunos que no creían que de hecho existiera.

Después de cenar, no era ya hora de salir, pero Carlos había estado entre aquellas paredes sin fin por varios días y ansiaba respirar hondo y sentir el aire fresco en su cara. Con precaución, bajó hasta la avenida lo más sigilosamente que pudo, sin poder evitar tropezar contra el rellano de la escalera en el piso quinto. Caminaba despacio y sin pausa, como quien intenta huir sin hacer ruido.

– ¡Oye, gringoo! ¡Vuelve a tu casaa, pendejoo!

Carlos miró a la derecha, de donde parecía provenir la voz, luego a la izquierda, allí la luna brillaba entre nubes que jugaban a rellenar la noche de algodones. La avenida desierta invitaba a un largo paseo. “Qué mala suerte”, se dijo. “Hay nazis en las ventanas, debo regresar a casa”.

Por Mar Martínez Leonard

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Imagen de George Lehmann


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